2mg
No quiero a la quetiapina.
No esta noche.
Que se quede vestida de blanco
en la farmacia de los objetos perdidos,
esperando que alguien confunda
dormir
con desaparecer.
Yo te quiero a ti,
pequeño amor de 2 mg,
luna partida en una mesa de noche,
botón de nácar
cosido al pijama de Dios.
Te quiero cuando llegas
sin llegar,
cuando bajas las escaleras de mi sangre
apagando habitaciones:
clic
la culpa,
clic
el ruido,
clic
esa mujer que todavía discute
dentro de mi cabeza.
Y entonces:
una cama,
un vaso de agua,
dos perros soñando,
un ascensor detenido en el piso trece,
la palabra MAÑANA
recortada de un periódico viejo.
Collage.
Un ojo.
Una receta.
Una boca.
Un martes arrancado del calendario.
La mitad de una fotografía
donde todavía éramos felices.
Pégalo todo.
Hazme un hombre con restos.
Porque yo te quiero
como se quieren ciertas cosas imposibles:
sin preguntarle al día siguiente
qué hiciste conmigo.
Tienes algo de amante clandestino,
clona mío:
entras cuando todos se han ido,
te desnudas lentamente en mi estómago
y después me abrazas
desde adentro.
Qué manera tan extraña de amar:
tú disminuyes el mundo
para que yo pueda caber en él.
Afuera, Lima continúa
masticando semáforos.
Un taxi atraviesa la madrugada.
Alguien termina una relación.
Alguien comienza otra.
Un borracho conversa con una estatua.
Y yo,
yo solamente quiero
que pongas tu pequeña mano química
sobre la frente de mis pensamientos.
No quiero respuestas.
Las respuestas hacen demasiado ruido.
Quiero esa patria microscópica
donde por unas horas
nadie me reclama nada.
2 mg.
Dos miligramos
contra el ejército completo de la noche.
Ridículo.
Hermoso.
Terrible.
La quetiapina golpea la puerta.
No abras.
Dile que aquí ya duerme alguien.
Dile que esta cama
tiene dueño, insomnio
y una pequeña luna blanca
disolviéndose lentamente.
Porque esta noche,
amor mío,
no quiero curarme del mundo.
Quiero apenas
que el mundo
deje de tocarme.
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