El mar

 El mar,

en esa parte donde la luz llega tarde o no llega,

deja todo en su lugar sin apuro,

como si nada tuviera que resolverse,

y uno termina mirando siempre hacia el mismo lugar

hasta que ya no espera otra cosa.


La oscuridad no molestaba,

tenía la forma exacta de lo que estaba pasando,

dejaba que todo siguiera ahí abajo

sin orden ni cierre,

porque igual nada iba a volver a su lugar.


A veces bajaban rayos de sol,

no para salvarme,

sino como algo que insiste aunque ya no tenga sentido,

como alguien que llega tarde

y pregunta igual.


Yo seguía, hacía lo que quería,

pero por dentro todo se sostenía en el mismo punto,

sin romperse del todo,

como si algo hubiera decidido quedarse así,

funcionando,

sin cambiar nada importante.


Y entonces algo se movió,

no como una revelación,

más bien como una incomodidad nueva,

una forma distinta de no encajar

en lo que antes funcionaba.


La sensación de que lo mío no alcanzaba

y que ya no podía ignorarlo.


Ahí el mar empezó a quedarme chico,

como una casa con un cuarto cerrado

que nadie menciona

pero que cambia el aire de todo lo demás.


Yo era un murciélago raro,

uno que no volaba y vivía en el agua,

y lo había aceptado sin hacerme preguntas.


Subí sin pensarlo mucho,

como quien cruza una línea y sigue,

y terminé en medio de gente,

en un estadio lleno de gritos,

entendiendo algo simple:

los humanos hacen ruido cuando están vivos

y también cuando no saben qué hacer

con lo que sienten.


No necesitaba aprender a volar

ni a mirarme,

los espejos no enseñan nada,

solo devuelven lo que ya está ahí.


Allá abajo todo crecía en silencio,

en orden,

como esas cosas que avanzan sin avisar

y por eso mismo nadie detiene.


Y funcionaba.


Hasta que un día, sin nada especial,

me quité los lentes oscuros


y el mar siguió ahí,


pero ya no encajaba igual.

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