Amor en ketchup y electricidad
Tus ojos son un ascensor atascado
entre el cielo y la morgue.
Ahí fumo, ahí rezo,
ahí me masturbo pensando en la palabra nunca.
El espejo de la cocina me grita tu risa,
mientras la leche hierve con cadáveres de hormigas
y yo escribo “te amo”
con ketchup sobre el pan quemado.
Las calles se doblan como papel mojado,
los semáforos cambian de color en mi cabeza:
rojo es ternura,
amarillo es cansancio,
verde es abrirte las piernas,
blanco es callar,
negro es reír como loco
antes de lanzarme al tráfico.
Yo, equilibrista de insomnios,
pongo tu nombre en la factura del gas,
en la receta del psiquiatra,
en la bala que guardo para el día en que decida
que amar fue un mal hábito.
Tus ojos,
dos ascensores distintos:
en uno subo desnudo,
en el otro bajo vestido de juez.
Nunca coinciden,
nunca me dejan en el mismo piso.
Y entonces río,
río como un niño electrocutado
que aún aplaude con las muñecas vendadas.
Porque el amor,
este amor,
es un manicomio con ventanas abiertas:
todos saltan,
yo me quedo para apagar la luz.
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