el reloj

Curioseando la agenda virtual que me acaban de instalar, terminé llegando de pura casualidad al cuadro de notas del día martes 4 de febrero de 2098. Encuentro los siguientes nombres: "Aquilino, Andrés Carsino, Aventino, Donato"... Supongo que son los nombres que recomiendan poner a todos aquellos humanos que empiezan a existir desde ese fecha.

Cabilando, concluyo que, para ese entonces, la mayoría de personas que suelo ver a menudo ya no existirán. Mi mamá ya no existirá, mi abuela ya no existirá, mis amigos ya no existirán, mi novia ya no existirá, mis hijos estarán viejos para ese entonces (o en el peor de los casos tampoco existirán más), yo ya no viviré solo para ese entonces.

Yo estaré, o muy podrido bajo tierra, o (en el mejor de los casos) estarán mis cenizas suspendidas en el espacio.

El 4 de febrero de 2098 ya no trabajaré más en este municipio. Ya no pagaré el arrendamiento del lugar en el que estoy. Mis textos estarán bien archivados en alguna lata oxidada o impresos en alguna caja que (en el mejor de los casos) conserven mis descendientes.

No puedo imaginar un Cañamero parecido a mi, con la misma panza y usando la misma raya al costado para sentirse un poquito más normal.

Yo supongo que mis enemigos (que dicho sea de paso, no recuerdo a ninguno) estarán tan muertos como yo. No los podré matar. Lástima.

Es probable que el reloj que conservo de mi abuelo, que a su vez se lo regaló el Sr. Zúñiga, quien antes de morir fue a la casa caminando (apenas) desde un kilómetro; lo conservará alguno de mis hijos. Seguramente pensará en llevarlo alguno de esos días al relojero (como pienso llevarlo en este momento yo).

Acerca del reloj, para mi es un buen recuerdo. Y no tanto por el reloj que heredé de mi abuelo sino porque cada que lo veo me acuerdo de la última visita del Sr. Zúñiga a la casa.


Recuerdo que llegó de gris un día bastante soleado a mi casa de chosica visitando a mis abuelos. No estaba ninguno de ellos. Acto seguido, lo invité a pasar a la sala y recuerdo aquel suspiro que dió balbuceando que había venido a pie desde San Fernando Alto (Es como caminar desde el cruce de la Avenida Arequipa con Javier Prado, hasta Larcomar).

Me dijo que visitaba a mi abuelo porque le quería entregar un reloj (de su colección de relojes) antes de morir. El sabía que iba a morir, se sentía moribundo pero aún así se levantó la basta del pantalón y me enseñó su pierna, me dijo que en sus años mozos jugaba "pelota" y que por eso era tan musculoso aún de viejo.

Los relojes que tenía coleccionados los regalaría entre sus familiares y amigos. Uno de ellos, el reloj que tengo en el primer cajón de mi escritorio.

Cuando veo el reloj recuerdo la historia que me contó de su hijo que murió por haberse involucrado en una organización criminal. Le dispararon cuando estaba subiendo al helicóptero, me dijo, sintió todo de nuevo, esa tristeza que uno siento al perder a un hijo.

Poco después, me enteré que el Sr. Zúñiga había muerto.

Comentarios