Informe N°1

El está zombie en la oficina. Tomó en el desayuno unos vasos descomunales de cocacola al polo. Luego, al salir de su guarida, envejecida por dentro, por el paso del sol y el impacto leve del tiempo, se comió seis dosis de chocolate amargo, el más refinado de los últimos tres meses. Sintió que una vieja, con la cara de haberse trasnochado en un velorio, lo miraba como si lo estuviera confundiendo con Cristo. Un poco más y decía aleluya, Dios no es rubio, es negro. Y claro, el presentía que era una simple señal de que el día transcurriría de forma nefasta. La superstición lo envolvía en una atmósfera gobernada por la desconfianza que sentía ante las circunstancias relacionadas a él. En ese orden de ideas, lo más lógico sería tomarme un par de comprimidos de Zopiclona, pensó y en consecuencia, ejecutó deliberadamente su plan táctico espontáneo. Se automedicaba para equilibrar el desarraigado sistema neurológico que poseía vertiginosamente y convertirse en humano nuevamente. Pasaba y contemplaba horrorizado el tráfico de la Javier Prado, el sol de febrero, el dióxido de carbono, los letreros comerciales que se hacían inmensos y borrosos, descubría que la superpoblación de automóviles y de personas en la avenida empiezan a colisionar. Los carros se chocan entre si, las grandes masas no pueden pasar de un lado a otro de la pista. Los policías observan la tragedia sin darse cuenta de la situación. Ellos cumplen con su trabajo. Los taxis están tan atorados como los buses. Da igual viajar en taxi o en bus. Todos llegan al mismo tiempo. El promedio de viaje es de 10Km/h. Una hora y cuarenta y siete minutos después de haber salido de su hogar, molesto y con los primeros síntomas de estar sedado, llegó al trabajo. Acomodó su maleta en el espacio donde se pondría una CPU sino estuviera obsesionado con su computadora portátil. Acto seguido, abrió la lata de red bull que compró en el grifo porque se sentía nervioso y quería tener alas. La bebida energizante se la terminó en un par de sorbos y al instante, sintió su cabeza como si fuese un ventilador. El aire acondicionado lo puso frío como un hielo y se derretía por un café. Sus ojos estaban en todas partes, no los podía controlar. Café más Zopiclona más chocolate más coca cola y todo sumado por la superficie contemporánea laboral y social elevada al cuadrado da como resultado, sin lugar a dudas, a un zombie eficiente sentado en su escritorio redactando una serie de informes sobre el gobierno destinados a si mismo.

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