eras realmente extraño
Eras realmente extraño, dormías con los ojos bien abiertos mientras el sonido improvisado e irritable de los alrededores del hotel, intentaba atravesar la barrera de tu exagerada concentración.
Diez minutos antes de cerrar el placard, desconectaste el teléfono, tiraste la pelota de tenis contra la pared como cada noche esperando a que rebote directamente hacia la palma de tus manos.
El teléfono ha dejado de sonar en absoluto, tu sabes bien porqué, sin embargo, aún conservas la ligera esperanza de que suene por última vez desde hace cuatro meses, dos semanas y cuatro días.
Mientras tanto, querías tomar agua helada para enfriarte un poco, nada más que eso, querías pasarte las tres valium de un sólo tiro con el agua helada para enfriarte un poco, nada más que eso, porque era el mejor mecanismo estructurado por el cual el hecho de inventar una sólida e inaccesible barrera contra el mundo era exactamente lo que más necesitabas.
Minutos más tarde, pillaste a una araña en el instante en que desgarraba terriblemente a un diminuto y condenado insecto que bien pudiste ser tú.
Dejaste que un ser vivo se devore a otro porque traerías el encendedor y terminarías de una vez por todas con ese maldito artrópodo de doce patas, un opistosoma y un cefalotórax que intentaba escabullirse por las diminutas rendijas del armario.
Yo no puedo olvidarme de ti Sebastián, ni de tus insólitos anteojos polarizados, ni de esa vitalidad que mantienes intacta a pesar de ciertos y esporádicos matices que intentas desarraigar.
No podías controlarte, las valium empezaban a desarrollar su trastornada labor, el teléfono ya no podía sonar más, habías incinerado un arácnido, te sentías culpable por la muerte de un insecto, los perros pudieron darse cuenta de que eres sólo un desesperado más que empieza a enloquecer en vano.
Diez minutos antes de cerrar el placard, desconectaste el teléfono, tiraste la pelota de tenis contra la pared como cada noche esperando a que rebote directamente hacia la palma de tus manos.
El teléfono ha dejado de sonar en absoluto, tu sabes bien porqué, sin embargo, aún conservas la ligera esperanza de que suene por última vez desde hace cuatro meses, dos semanas y cuatro días.
Mientras tanto, querías tomar agua helada para enfriarte un poco, nada más que eso, querías pasarte las tres valium de un sólo tiro con el agua helada para enfriarte un poco, nada más que eso, porque era el mejor mecanismo estructurado por el cual el hecho de inventar una sólida e inaccesible barrera contra el mundo era exactamente lo que más necesitabas.
Minutos más tarde, pillaste a una araña en el instante en que desgarraba terriblemente a un diminuto y condenado insecto que bien pudiste ser tú.
Dejaste que un ser vivo se devore a otro porque traerías el encendedor y terminarías de una vez por todas con ese maldito artrópodo de doce patas, un opistosoma y un cefalotórax que intentaba escabullirse por las diminutas rendijas del armario.
Yo no puedo olvidarme de ti Sebastián, ni de tus insólitos anteojos polarizados, ni de esa vitalidad que mantienes intacta a pesar de ciertos y esporádicos matices que intentas desarraigar.
No podías controlarte, las valium empezaban a desarrollar su trastornada labor, el teléfono ya no podía sonar más, habías incinerado un arácnido, te sentías culpable por la muerte de un insecto, los perros pudieron darse cuenta de que eres sólo un desesperado más que empieza a enloquecer en vano.
Ladran escalofriantemente, mientras te quedas dormido con los ojos de búho observando la presencia de una estrella fugaz en el cielo que al día siguiente no podrás recordar.
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